Nos levantamos pronto para llegar a tiempo al punto de encuentro donde la empresa de Adolfoandino nos ha de recoger para ir al Titicaca. Nos pidieron dos taxis en el hotel y fieros y rápidos por las callejuelas, avenidas y pasajes de La Paz llegamos a la empedrada calle Sagárnaga, a la puerta de la oficina de nuestro amigo Adolfoandino. Con más de un susto en el cuerpo por la verdadera anarquía en la conducción de nuestros taxistas y del resto de automovilistas. Para ellos todo se arregla con una pitada y unas palabras de descriptiva elocución desfavorable hacía el conductor del otro vehículo, que entre otras cosas ha invadido tu carril para adelantar indebidamente a más velocidad de lo normal, en el centro de la ciudad y con las luces largas puestas. Supongo que eso es lo normal allí.
Antes de las ocho de la mañana, que es la hora de quedada, nos dejan en el punto de encuentro. Otra persona: un hombrecillo bajito, con gorra, aborigen y de pocas palabras pero con una sonrisa como de gato de Alicia en el País de Las Maravillas, siempre en el rostro, espera con nosotros. Es Eliseo, nuestro guía en Titicaca. Como ya he dicho, un hombre de muy pocas palabras (a menos que le preguntes) y de una agudeza cultural cuestionable… al menos para ser guía. Pero de todos modos una persona amable, sonriente y feliz, que tampoco está de más como compañía.
Llega un autobús turístico, una especie de guagua, que es la que nos llevaría hasta Copacabana. Salimos del lugar a toda prisa, ya que el autobús ha tenido que parar en doble fila, y nos pasea por la ciudad parando en otros sitios para recoger a más gente con nuestra misma dirección. El tráfico es un caos estable y seguro, ya que casi nadie lleva prisas ni pierde los nervios cuando hay atascos, colapsos o fluidez. Vamos saliendo ya por fin de la ciudad y a la vez cogiendo altura (en las únicas salidas de La Paz debes de coger altura). La Paz está ubicada en un valle de tierra arcillosa e inestable. Las zonas de barrios más ricos están a más baja altura y los barrios más pobres como El Alto, están en lo más alto del valle, pero para salir de La Paz o ir al aeropuerto debes de pasar por su parte más alta. Por ello y después de unas inclinadas subidas y pendientes en la misma avenida, autovía de salida de La Paz, llegabas a un barrio sin pendientes, horizontal y llano, pero extenso y casi tan grande como el corazón de la misma ciudad: El Alto. A unos 4.050 mts. de altura en pleno altiplano boliviano, andino. Las diferencias no eran tan grandes con las que había en el centro, casco antiguo de La Paz; pero parecía que había otro tipo de movimiento, como en los de un pueblo grande, un pueblo enorme.
Para salir de La Paz/El Alto y dirigirnos sin escalas ni paradas al Lago Titicaca, tuvimos que pasar por avenidas, calles asfaltadas, sin asfaltar, caminos de tierra, pasajes en obras… laberintos de esquinas, lugares, vueltas y revueltas. Pero ahora ya con la carretera muy bien asfaltada, 158 kilómetros de recorrido separan La Paz de Copacabana; pasando por ciudades, pueblos, aldeas en mitad de una especie de desierto yermo, desolado, estéril y frio, que es el altiplano andino, esparcidas a grandes o a poca distancia unas de otras. Nombres muy bolivianos y andinos, y pocos españoles como Patamanta, Río Seco, Batallas, Huarina, Huatajata, Tikina… que nos llevaban a imaginar estar en un país exótico, con gente exótica, distinta, diferente en muchas cosas pero atractivo, enigmático y espectacular… no eran imaginaciones, era real.
Nada más salir de la urbe, cuyos edificios impedían nuestra visión del horizonte, pudimos contemplar a un lado de la extensa estepa del altiplano andino, las magníficas, altas y espectaculares montañas de la Cordillera Real: Los Condoriri, Huayna Potosí, Illampú, Ancohuma… y otros tantos con o sin nombre que se asomaban por primera vez ante nuestros ojos a la extraordinaria belleza de su existencia. A algunas de ellas las intentábamos reconocer con su perfil y porte por fotografías que habíamos visto en internet o revistas. Parecía como que esa realidad imaginada e ilusionada en estas fotos y recortes de revistas, se hiciera realidad en vivo y en directo ante nosotros como si unas imágenes soñadas y recordadas se hicieran realidad de repente. La impresión fue contundente… ¡¿De verdad íbamos a subir esas montañas?! Era como describir la vuelta al mundo en barco desde un despacho, y de la noche a la mañana vernos en medio del mar. Aunque esta estupenda visión y percepción de la realidad se volvería más nítida e impactante a medida que nos fuéramos acercando a estas bellas montañas.
Y de repente una gran mancha azul oscuro y brillante aparece ante nuestros ojos: es el Titicaca. Comienza ante la primera visión de sus aguas, nuestra sana obsesión por este maravilloso mar azul interior. Al lugar donde debemos llegar para coger el barquito hacía la Isla del Sol es la población de Copacaba. Para llegar a ella hay que cruzar el Estrecho de Tiquina en el mismo Lago Titicaca. Resulta que Copacaba está en una especie de península al otro lado del lago, pero en el propio istmo de la península está la frontera con Perú. Con lo cual tendríamos que cruzar la frontera con Perú y de nuevo entrar a Bolivia si quisiéramos ir a Copacabana por tierra todo el tiempo (además de que sería un recorrido mayor).
El Lago Titicaca se lo reparten entre Bolivia y Perú; aunque lo tienen casi a partes iguales, Perú tiene algo más de costa sobre el lago que Bolivia. La altitud del lago es de 3.810 mts. y tiene una profundidad máxima de casi 300 mts.. Tiene un área de 8.562 Km. cuadrados; Perú tiene un 56% y Bolivia un 44% de dicha área. Los orígenes de inmenso y enigmático lago son hipotéticos: una de esas teorías dice que al formarse y elevarse la cordillera de Los Andes, dejaron una línea de agua de mar encerrada en sus valles alineados que fueron elevándose junto con la cordillera, junto con el altiplano andino. Por ello la aparición de numerosos, extensos e interesantes lagos salados, salares… como el famoso Salar de Uyuni ubicado también en Bolivia; la mayoría de ellos secos por la evaporación y aridez del terreno… Lo único extraño es que el Lago Titicaca es un lago de agua dulce… pero a lo largo de este fabuloso recorrido descubriremos más misterios y leyendas fascinantes de este extraordinario lugar.
El autobús nos para en San Pablo. Ya estamos en el Estrecho de Tiquina. Desde aquí vemos la manga de agua del lago que separa San Pablo (donde estamos) de San Pedro; no es mucho. Pero nos fijamos en el tamaño del lago, más mirando hacía nuestra derecha que a nuestra izquierda, y es grandioso, enorme, espectacular… Quizás nos sorprendemos porque nunca habíamos visto un lago tan grande o una cantidad de agua reunida tan grande que no fuera el mar. Los ocho, Edu y Carmen, Javi y Zaida, Ballester y Gemma, Jesús y yo, nos acercamos al embarcadero. Yo estoy aturdido o desorientado… ¿Cogeremos un barco para ir a la Isla del Sol desde aquí? O ¿Solamente cruzaremos y otra movilidad nos esperará al otro lado del estrecho? No sabía exactamente cómo iba a desarrollarse la ruta. En el embarcadero observamos que hay unas grandes y amplias barcas llanas sin elementos más arriba de su borda, y que sus “capitanes” o pilotos las conducen con una larga vara de madera. En un principio no entendía para que podría servir una barca con esas formas. Para pescar no. Y claro en ese momento aunque el perfil e ingeniería de la barca está muy clara, no sabes para que sirven hasta que las ves funcionar: son para cargar grandes transportes como camiones y autobuses de un lado al otro del Estrecho de Tiquina. Me quedo sorprendido y como maravillado por tan simple e insospechada función. Pero tan lógica y práctica. Puede ser porque tampoco lo había visto en otros sitios.
Vemos como en una de esas aparentes frágiles barcas planas van cargando un camión enorme. Y esperando a que, a medida que vaya entrando en la barca, ésta se vaya hundiendo, estamos expectantes… pero no, la barca no se hunde, aguanta sin aparentar desestabilidad ¡Increíble! Verlo para creerlo. Lo que sí está claro es que tampoco pueden llevar excesivo peso: a nosotros nos bajan del autobús para que dicho autobús cruce el estrecho sin carga, sin pasajeros… puede que sea también como medida de seguridad, por si se hunde… ¡ja, ja! Nos montan en unas barcas a motor, al pasaje de nuestro autobús y a más gente. Todos éramos guiris; sobre todo americanos. Y cruzamos el Estrecho de Tiquina sobre las plácidas y abundantes aguas del Titicaca con una emoción que nos hace inmortalizar el momento con felices fotografías. A lo lejos, al fondo del lago en dirección a La Paz, vemos la hermosa, espectacular y reconocible silueta del Illimani. Tierra, agua, montaña, hielo, viento… los elementos en su máximo representación. Mientras, en nuestro viaje por el agua, vemos a algunas de éstas embarcaciones con su transporte ¡Haaa! Me sorprendo: “llevan motor”. “Claro, querrás que haga todo el trayecto con la vara” Me dice Ballester. Lógico.
Atracamos en San Pedro y nos percatamos con mayor observación de los embarcaderos preparados para este tipo de embarcaciones. Son como una extensión de la misma propia barca pero ya en tierra firme. Nos quedamos pasmados sin perder detalle de cómo una de esas embarcaciones desembarca nuestro autobús; como jubilados que no paran de mirar la construcción de una obra. Nos damos cuenta de que hay tráfico de estas embarcaciones en el estrecho: unas llevan camiones, autobuses y movilidades… El piloto apaga el motor al acercarse a tierra para que éste no se dañe; y con la vara larga empuja la embarcación cargada sobre el agua con una facilidad como si se tratara de cartón todo. Incluso llega a ser emocionante como se pone en marcha el autobús en la barca atracada y sale por su propio pie a tierra firme. Después, si no hay carga en San Pedro, vuelve la embarcación al estrecho sin transporte para buscarlo en San Pablo. Sorprendente, pero interesante. Es increíble como un país sin medios puede buscar, el propio país o sus habitantes, las formas para seguir adelante o para darle una solución a un problema de comunicación.
De nuevo en el autobús cogeremos una carreterilla que nos llevará entre las lomas áridas casi yermas y desérticas de esta península en el Titicaca, hasta la costera ciudad de Copacabana. La única vegetación que llegamos a ver son eucaliptos que esterilizan más aún la tierra, un árbol traído por los españoles, y una planta parecida al esparto español (la Stipa), de su misma familia pero diferente linaje. El viaje está resultando un poco mareante: curvas, pendientes, subidas, bajadas, tierra a un lado y el Titicaca al otro, o solo tierra… pero después de una alta curva nos sorprende junto a un cerro, una simpática llanura y las orillas del extenso Lago Titicaca, la población de Copacabana.
Os sonará Copacabana por una playa de Río de Janeiro en Brasil, y así es. Dicen que alguien que venía o vivía en Copacabana, cuando llegó a la playa de Río de Janeiro exclamó: “Si esto parece Copacabana”, o algo así. Con lo que aquella playa se quedó con el nombre de Copacabana, refiriéndose a este lindo pueblo boliviano a orillas del Titicaca. Curioso. El autobús nos deja en la calle principal de Copacabana. Es un pueblo turístico con agencias de viajes que te llevan a Puno (Perú), a la Isla del Sol… Vamos a un restaurante ya concertado en el mismo pueblo antes de coger el barco a la Isla del Sol. El comedor está en una especie de patio con la cocina en el interior en una estancia. El restaurante se llama Puerta del Sol como el enigmático, famoso y hasta ahora desconocido monumento en la antigua ciudad de Tiwanako. La siguiente excursión la haremos, en plan cultural, a la fascinante ciudad de Tiwanako. El dueño del restaurante es agradable y simpático, bromista y extrovertido. Nos trata y cuida muy bien. La comida es excelente aparte de que estamos solos en todo su restaurante, nosotros ocho y Eliseo. Hablamos, charlamos con él e incluso hace chistes. Nos reímos. Antes de irnos nos hace firmar en un libro de visitas, donde sus clientes aprovechan para saludar y escribir sobre lo bien que han sido tratados y lo bien que han comido. Gemma alucina con la comida, le pregunta al dueño del restaurante por este o aquel ingrediente de los platos. Son alimentos naturales y riquísimos. Pero no todo son bromas, este señor también nos entretiene con historias o leyendas sobre Bolivia y Tiwanako, y sobre su vida. Cada vez estoy más convencido que me encantará visitar Tiwanako.
Debemos coger el barco. Salimos del restaurante y nos despedimos de nuestro amigo. Camino abajo por una calle que termina en el lago (que aquí parece el mar), nos damos cuenta de lo “turística” que es Copacabana. Tiene una blanca iglesia colonial imponente, pero también símbolos incas, tiwanakeses, andinos. Son gentes fervientemente religiosa la que hay pero no olvidan sus orígenes andinos. Ballester vuelve a sacar las hojas de coca para masticar y no marearnos en el barco o en el trayecto, a la altura en la que estamos. Esta vez lo pruebo para ver su efecto. Me meto algunas hojas y la lejía para hacer el acullico y comienzo a masticar.

Llegando al puerto de la Isla del Sol, una totora navegando en el Lago Titicaca y al fondo izquierda el Ancohuma e Illampú en los Andes
Por una maltrecha pasarela nos acercamos en la misma orilla del lago al embarcadero del barco que nos tiene que llevar a la Isla del Sol. Otro barquito o lancha grande acaba de salir de su embarcadero; va hasta los topes de gente. Yo estoy ilusionado, alegre, contento… ¡Vamos a navegar por el famoso y grandioso Titicaca! Hago que me hagan una foto en el embarcadero: la gente, el lago, el barco… ¡Va a ser emocionante! Al abordar el barquito decido ponerme en la proa, en el morro, en la punta de la lancha, apoyado en el cristal de las ventanas delanteras para ser testigo principal, en primera fila, del espectáculo que estaba a punto de presenciar. No quería perderme nada y verlo todo, disfrutar al máximo de este extraordinario viaje por el Titicaca. Podría compararse con una sencilla navegación por las costas mediterráneas en una sencilla lancha de pasajeros, si no fuera porque estábamos en el Titicaca a más de 3.800 metros de altura en medio del altiplano andino.
Mis compañeros se quedan dentro del habitáculo al reses del viento y el frío, y me hacen fotos desde dentro. No quieren pasarse conmigo, piensan que van a pasar frío. Así que dos americanos me acompañan en la proa del barquito, uno a cada lado. Y comienza el viaje. El lago Titicaca parece un verdadero mar interior: aguas tranquilas de un azul oscuro, intenso, abundantes ceñidas en la lejanía a la tierra de color marrón claro a veces amarillento por su aridez. Miro atrás como puedo y le hago una foto al puerto y playa de Copacabana: hay pequeños edificios de colores mirando al lago, no parece un pueblo pobre y sí rico (dentro de la propia riqueza de Bolivia), turístico y peculiar. Por alguna razón ejerce una especie de atracción sobre aquel que lo visita, con una magia desconocida. Me percato mejor de su urbe e instalaciones en las orillas del lago y observo que hay más muelles, embarcaderos y más barcas, lanchas en su orilla. Se podría decir que es una especie de Torrevieja en Bolivia, pero en nada, en nada se le parece.
Nos damos cuenta ahora de la inmensidad del lago. Barcos más grande en mitad del mismo, parecen microscópicos y de juguete en comparación con la vasta extensión de las aguas. El viaje es plácido, entretenido, emocionante. Vamos bordeando la costa de la península en dirección al centro del lago ya que la Isla del Sol es una especie de continuación de la misma. Escollos, rompientes, montículos ondulados sortea el lago, y con el lago nuestro barco. El sol se refleja en sus aguas tranquilas dándole una imagen como perlada por brillantes y plateados lingotes ¡Hermoso! Y al final de la acumulación de esos brillantes lingotes, rozando nuestro horizonte, la esperada Isla del Sol, alta, alargada, ensombrecida por la contraluz del propio sol ¡Espléndida! Dejamos la costa de la península y ya nos dirigimos directamente al puerto de la isla; bueno, a uno de sus puertos. Mirando hacia el norte descubrimos que el horizonte se ensancha al no tener la barrera de la península. Todo el Lago Titicaca se abre ante nosotros extenso, enorme, hermoso… con una isla alargada en medio y detrás al fondo en tierra firme, la espectacular visión de las enormes, heladas y blancas montañas de la Cordillera Real de Bolivia; creemos identificar dos de sus altos y grandes picos: el nevado Ancohuma y el Illampú ¡Precioso, emocionante! Es la Isla de La Luna y algunas de las montañas de más de seis mil metros, más altas del norte de Bolivia.
Justo antes de atracar observamos otro especie de navío como de paja o cañas entre la Isla del Sol y la de La Luna que a mí me recuerda a los barcos vikingos por su idea y simbología: una enorme cabeza delante en proa de jaguar con sus fauces abiertas, un gran palo para portar la vela también en proa, una techumbre a popa, y con la proa y popa levantadas como dobladas hacía el cielo. Es una embarcación de totora. La totora es una planta parecida a las cañas que desde ancestrales tiempos se usaba para hacer el tejado de las casas y otras flexibles construcciones, pero sobre todo las embarcaciones, tanto las grandes para llevar a mucha gente como las pequeñas unipersonales en forma de canoa o cayac. Se dice que con la totora los andinos o peloponesos podían navegar de isla en isla, de atolón en atolón, llegar a las costas de Sudamérica, habitar la Isla de Pascua y surcar el Lago Titicaca. Realmente parecía una embarcación sacada del tiempo de los Incas.
Atracamos en la Isla del Sol. Primero una pequeña nube de niños que venden recuerdos, collares, colgantes de la Isla del Sol nos aborda… y como no, como buenos turistas guiris les compramos esos bonitos collares con el símbolo del sol y la media luna. Nombres de las islas. De hecho le cogí tanta devoción a la simbología que me colgué aquella cuerdecita con sol y luna de maderita y ya no volví a quitármelo en todo el viaje, como un augurio de buena suerte, como si así la Pachamama me aceptara y dejara que pisara aquellos lugares sagrados, aquellas tierras inhóspitas de frío, hielo e impresionantes vistas: las cimas de sus montañas en Bolivia. Unas escaleras altas y anchas se abren a nuestros pies y nos suben a la parte más alta de la isla. Son las llamadas Escalinatas Sagradas de los Incas que te suben a los 4.000 metros de la altura en la isla. La subida por la escalera hace que pongamos nuestros corazones a mil, cualquier pequeño ejercicio a esta altura es un gigantesco esfuerzo. Hay más grupos con más guías. Estos guías paran para explicarles a sus clientes historias, curiosidades, leyendas de la isla… cosa que Eliseo no hace. Aunque Eliseo es un buen hombre no tiene ni idea de explicarnos nada, es más, creo que nosotros sabemos más de la Isla del Sol que él. En una de las paradas en estas Escalinatas Sagradas, y viendo como nosotros atendíamos a los otros guías que no paraban de hablar, señaló un árbol y dijo: “eucalipto”.
Al final de las escaleras y arriba del todo llegamos a un pueblo: Yumani. En uno de los extremos altos de la población está el Hotel Inkaterra, donde nos hospedamos. Lugares, viviendas y gentes muy sencillas pero a la vez son los herederos de esa magia, de esas tradiciones y esa cultura tan especial y única; como lo son los lugares y rincones eternos y hermosos. Comparto habitación con Jesús Santana, mi inseparable compañero de grandes montañas… todos somos parejas ¡je, je, je! Eliseo nos dice o rumorea o deja caer el poder hacer un corto trekking por la isla. La isla es como algo alargada y nosotros estamos en una punta; la idea es ir a la otra punta donde están las ruinas de un antiguo poblado inca: “Chicana”. Yumani se encuentra en la parte de la isla más cercana a tierra, y Chicana está en el otro extremo, mirando hacia el centro del lago. Ya es tarde para hacer marchas y pronto se pondrá el sol con lo cual entendemos que la actividad será corta. Nos acercamos al empedrado camino inca que surca toda la isla y con el sol como destino, o mejor dicho, su puesta, comenzamos la marcha.

De izquierda a derecha: Joaquín, Edu, Jesús, Eliseo (de espaldas) Gemma y Ballester (de espaldas). Al fondo izquierda el Ancohuma y el Illampu
La Isla del Sol tiene pocas poblaciones: las más importantes Yumani a un lado y Challapampa al otro lado, más cerca de las ruinas de Chicana. No es una isla homogénea, está recortada con salientes, escolleras, pequeñas bahías, cabos… rodeada por la calidez y tranquilidad de las aguas del Titicaca. Mientras caminamos y va oscureciendo poco a poco nos vamos metiendo en la magia del lugar inmersos en su historia, en sus leyendas. Una de esas leyendas cuenta la del nacimiento de la vida en la tierra: la Isla del Sol, en nombre español, quiere decir algo como “la madre que dio a luz por primera vez a la humanidad” en inca, aymara o quechua. De hecho cuentan que el primer Inca: “Manco Capac” nació en esta isla. Nos hacemos fotos en cada rincón de la isla que nos vamos recorriendo. La vista es increíble, el paisaje una maravilla del altiplano: vemos le trozo de tierra que se acerca a la isla, aquella península cercana a Copacabana, los Andes con sus altos picos nevados, los magníficos Ancohuma e Illampú los más destacados, detrás de éstos observamos gigantescos torreones de nubes, blancas, pomposas, enormes que, a medida que la luz solar agoniza, éstas brillan con la luz de los relámpagos que las recorren: son las fenomenales tormentas de la selva al otro lado de los Andes que nos asombran desde la distancia. El sol va bajando y acercándose a la tierra en su recorrido celestial, la experiencia será inolvidable. Es como un camino de iniciación, el camino hacia el Sol en la Isla del Sol. Gemma fotografía pequeñas esculturas, amontonamientos de piedras lisas, como ladrillos, como hitos, puestas por los hippies, por los bohemios, visitantes que quieren dejar su impronta sagrada en el con la Pachamama… su pequeño monumento a lo divino, a lo espiritual; utilizando el fondo de esas bellas montañas, esos nevados como llaman en los Andes a los picos más altos… quien sabe si como objetivo en próximas expediciones, en próximas aventuras.
Nos paramos. El momento nos hipnotiza y asombra. Estamos observando maravillados un hecho que se dá todos los días, pero que ahora es excepcional: la puesta de sol en el Lago Titicaca: el sol comienza a rozar las plácidas y perladas aguas del lago; los típicos tonos del atardecer se acentúan aquí, los claroscuros con ese dorado del horizonte y el plateado del agua que se va oscureciendo gradualmente, bellamente, con la quietud de sus aguas que lo convierten en un gigantesco espejo del cielo… lo hacen algo único, extraordinario. Intentamos fotografiar el momento, intentamos captar la magia de lo que, asombrados, estamos viendo boquiabiertos, paralizados, sorprendidos… El más grande de los dioses incas, el Sol, uniéndose con la Pachamama, dándose un baño en las sagradas aguas del Titicaca, y nosotros desde la isla que lleva su nombre somos espectadores privilegiados de ese acontecimiento único, extraordinario, pero que a la vez sucede día tras día.
Después de atardecer y con poquísima luz llegamos a las ruinas del poblado inca de Chicana, al otro extremo de la isla. Chicana quiere decir “laberinto”; y hace honor a su nombre: calles, casas, escalones, terrazas… Todas las casas estaban unidas pared con pared. Aterrazada con vistas al lago, al acantilado, la ciudad estaba muy bien conservada para el tiempo, para los años de abandono que tenía. Pero con esta oscuridad, con la soledad del lugar y las construcciones tan fascinantes, pero a la vez tan enigmáticas y misteriosas, una perceptible emoción de pavor o miedo salía de mi interior. Mientras mis compañeros con cada vez menos luz, investigan y se recorrían las calles, estancias del lugar; el miedo al lugar, un horror ancestral a lo desconocido y misterioso hizo que no me separara demasiado del camino ni de mis compañeros que disfrutaban gratamente del hallazgo. Verdaderamente a esa emoción de pavor la precedió la de sorpresa y alegría al encontrar por fin ese “laberinto” extraordinario de construcciones incas. Supongo que es el tipo de miedo, de horror que le entra a uno cuando se adentra en la oscuridad y soledad de unas ruinas de construcciones perfectas, enigmáticas, antiguas y solemnes ¡Fantástico!
Ya es casi de noche; debemos volver al oscuro camino para desandarlo hasta Yumani. Por suerte el camino tiene una hilera de piedras a cada lado, al borde del mismo, con lo que es más difícil salirte de él. Poco a poco la infinidad de estrellas en un cielo oscuro, limpio, enorme, nos llama la atención y nos abstrae. Increíblemente al haber una ausencia total de luz artificial, las estrellas llegan a reflejarse en las oscuras aguas del lago. Maravilloso. Presididas por la vívida luz que emana Venus… como bien dice Jesús Santana, aquí las estrellas brillan con un fulgor e intensidad especial. Pero hay que llevar cuidad con no tropezar con las piedras del camino: la oscuridad es casi total, no hay ninguna luz artificial cerca ni lejos, no nos hemos traído ningún frontal pensando que regresaríamos con luz y que sería una marcha más corta de lo que ha sido… supongo que nosotros con nuestras paradas hemos tardado más. Con muchos minutos de oscuridad total nocturna, llegamos a Con muchos minutos de oscuridad total nocturna, llegamos a Yumani. Antes sus poquísimas luces nos han desvelado entre la oscuridad del camino y de la noche, su ubicación. La marcha aunque no ha sido larga ni esforzada ha hecho mella en algunos de nosotros… por la altura. Es la primera marcha, caminata que hacemos en Bolivia desde que llegamos, y a la vez a más de cuatro mil metros. A Zaida le ha afectado la altura, se ha puesto pocha y no sale a cenar. Tomamos los platos sopa y espaguetis pero poco a poco los compañeros, molestos por el soroche, mal de altura, nos volvemos a las habitaciones a descansar. No me apetece tomar el té de coca al que me invita acompañarle Jesús Santana después de la cena, supongo que también me ha afectado algo la marcha por altura.
Ahora solo en la habitación pienso en María y en lo que le hubiera encantado, maravillado este lugar, el Titicaca, la Isla del Sol… tan mística, tan enigmática, tan increíble y misteriosa… Pero a pesar de todo “eso”, a pesar de sus “extraños”, incontrolables y variantes ánimos, sabía y añoraba lo que María hubiera disfrutado en este fantástico lugar; y mi pensamiento iba hasta ella, hasta su misticismo y espíritu tan enlazado, ahora, al mío.