Pasamos mala noche por el calor y los ruidos de la calle, perros, gallos, monjitas en los maitines, pero sobre todo el estar pendientes de la hora para levantarnos a las 6 h. Aunque pedimos al recepcionista que nos llame, no nos fiamos, y a las 6:20 cuando llama ya estamos despiertos.
Llevamos las maletas a la oficina de Insondu Tour y allí Jorge nos invita a desayunar en el bar de enfrente. Desayuno continental, jugo, café y huevos revueltos, tostada. Nos presenta a Marcelo y vamos a la terminal a coger el bus de Buena Esperanza y bajamos en la Reserva Privada de Nantar.
Fue como cambiar de región, de país, de mundo, de planeta: el autobús en lugar de recorrer carreteras asfaltadas con tráfico en medio de un altiplano medianamente habitado, rodeado de frio y altas montañas nevadas o de verdes y frías laderas, recorría ahora estrechas carreteras y caminos entre alta y exuberante vegetación que no te dejaba ver el horizonte en ocasiones, como metidos en un gigantesco bosque de verdes matorrales, ramas, hojas… y la propia cicatriz del camino que pasa por en medio de esta postal.
Verdaderamente el autobús nos deja en medio de la nada, en medio del camino con selva a un lado y al otro. Solo teníamos que seguir a Marcelo por un sendero apenas marcado, estrecho y como comido por la vegetación de la selva, pero que parece conocía muy bien. Comenzamos de esta manera nuestra intrusión y actividad por en medio de la Selva Amazónica de Ecuador, en la Reserva Ecológica privada de Nantar, en la provincia de Morona-Santiago; el nombre de dos ríos cuyas aguas desembocan en el Amazonas. Nantar, en lengua Shuar es el nombre de una diosa, la diosa de la fertilidad, de la madre naturaleza, como la divinidad femenina. Lo queremos ver todo, nos paramos en cara rincón a observar la selva, árboles, plantas… todo. Estamos fascinados y emocionados.
Hacemos una excursión de una hora por la selva. Por un sendero estrecho pero bien marcado junto al Río Wichimi, afluente del Yuquipa, afluente del Upano, afluente del Santiago, afluente del Marañón, afluente del Amazonas. Antes de bajar me puse Relee y tomamos en el bus las 5 bolitas de Ledum Palustre. Hierbas homeopáticas que repelen a los mosquitos. Jesús le ilusionaba estar en las aguas de un río que al final van a parar al grandioso Amazonas. Era como formar parte del Amazonas.
La selva es exuberante para unos chicos del semiárido alicantino. Cientos de especies compiten por la luz, creciendo unas encima de otras. De fondo el coro de pájaros y gorjeos, insectos, arañas, contrafuertes, raíces aéreas, colgantes, musgo, hongos y líquenes por todas partes. Mirar a las copas por encima de nuestras cabezas al contraluz. Marcelo y Joaquín van muy de prisa y yo me quedo voluntariamente atrás, quiero sentirme perdido, disfrutar a tope de esta experiencia que toda la vida había soñado sin correr como si esto lo viera todos los días.
Nuestro guía Marcelo es de etnia Shuar. Aborígenes o indígenas de la selva amazónica. Son de estatura más baja, más chatos, que los quechuas del altiplano andino. Es hablador por momentos, muy curioso, quiere conocer que hacemos, en qué trabajamos, de dónde venimos, cómo se vive allí… todo sobre nosotros y el “Mundo del que venimos”. También nos cuenta muchas historias, costumbres y anécdotas de su tierra y vida. Es un tipo sencillo con cara de pillo. La etnia Shuar son los famosos Jíbaros a los que los conquistadores españoles llamaron “reductores de cabezas”. Me estremece el pensar que la tradición, leyendas y costumbres lejanas, contadas como cuentos, historias para no dormir, son ciertas cuando descubres que estás hablando con un jíbaro, con descendiente de aquellos “reductores de cabezas”. Es emocionante, fascinante y sorprendente a la vez.
Nos paramos en cada rincón. Jesús nos llama viendo que nos adelantamos y hacemos fotos a los grandes troncos de los árboles cuya copa es invisible a nuestros ojos ante tanta exuberancia, tanta vegetación. Inmortalizamos lugares, raíces y bases de árboles con diámetros enormes. Es espectacular.
El sendero se interrumpe por el río que cruzamos con la canoa que estaba aparcada en la orilla. Es emocionante, pero yo pensaba un tramo de navegación mucho más largo. Llegamos a la tradicional y enorme cabaña Shuar. Redonda, cónica, con zonas separadas para hombres y mujeres. Hamacas, camas típicas, mesa comedor, aperos de caza o instrumentos musicales. Cestas, cerbatanas, calabazas huecas para la “Chicha” o cerveza super alcohólica bajo cuyo efecto trabajan más duro.
La cabaña es encantadora y, aunque tiene un aspecto frágil o inhóspita, la verdad es que es muy acogedora, sólida y cómoda. A veces vemos esas chozas en la selva donde viven los indígenas y nos parecen precarias e incómodas, sin las comodidades o lujos de occidente, pero es que no aquí no hacen falta, es extraordinario. Marcelo no para de explicarnos y nosotros preguntamos todo lo que se nos viene a la mente. En un momento determinado nos pregunta por nuestras parejas, mujeres; allí ya de muy joven se casan y tienen hijos a temprana edad, nosotros, pese a la edad, le decimos que estamos solteros, sin casarnos ni mujer que nos espere, salvo nuestras madres en sus casas. Entonces nos recuerda un dicho que se menciona en Ecuador en estas ocasiones: “soltero maduro, gay seguro”. Nos echamos a reír… y encima viajamos los dos juntos y solos…
El hombre Shuar tenía (y algunos aún tienen) varias esposas y construía una casa para los hijos de cada una. Es un matrimonio concertado y el candidato pasaba de dos meses al año sin dormir con la futura esposa trabajando en casa de suegro para mantener (o ayudar) a la familia y demostrar sus habilidades como pescador, cazador y cultivador de yuca, bananos, etc.
También nos cuenta alguna anécdota de cuando se casó: el hombre un día salió, se emborrachó y le fue infiel (eso creo que contó) con otra muchacha al estar en estado ebrio, pasó uno o dos días fuera de casa, con la mujer que era su reciente esposa, sin saber nada de él. Cuando volvió su mujer le echó una bronca pero de ahí no fue a más la cosa. Es curioso las “costumbres” machistas y de infidelidades que tienen aún arraigadas estas gentes, tanto es así que parecen ven normal que el hombre pueda tener un desliz con otra mujer, haya una discusión por el hecho, pero por la mujer no llegue la sangre al río. Y al otro día no ha pasado nada… esto que nos contaba no sé si fue al siguiente día o a los pocos días de casarse…
Descansamos un rato en la cabaña. Marcelo enciende la hoguera y salimos a hacer un paseo circular por los alrededores de la cabaña, y ver las riquezas botánicas de la reserva (que tiene 30 Ha.). Caña amarga es una herbácea rosada que quita la sed al masticarla. Una Yapitia de más de 30 metros de alto con otros tantos de raíz superficial que seguimos por la senda en el suelo durante un rato. Tiene unos 240 años. El árbol me sorprende y asombra, es fabuloso. Esas raíces que como contrafuertes se alargan, se convierten en ramas bajo la tierra, a nivel del suelo, y se extienden por toda la selva formando una red impresionante, encontrándotelas a 50 o 100 metros antes de toparte con el tronco. Me hago una foto con el árbol, con su base, sus raíces, es impresionante. Me encanta. Me da una sensación de comunión, de complicidad con la Naturaleza y la Selva. Es como un espíritu de la misma convertido en gigantesco y antiguo árbol. Ahora voy entendiendo la idea ancestral de creer que la misma Naturaleza y sus representaciones más sorprendentes y magníficas, las trataban como divinidades, dioses… yo también lo hubiera hecho, sin duda. Preciosa.
Palmas con fuertes raíces fasciculadas, pinchosa en forma de trípode. Epifitas. Enredaderas. Ramas espinosas colgantes de uña de gato que es medicinal. Un rastro de armadillo y un gallinazo que sobrevuela el campamento. Hormigas grandes con un luminoso abdomen rojizo. La “casa de una avispa”, un panal en forma cilíndrica como de un fruto que cuelga de una rama.
Monos no se ven porque estamos a 40 minutos de 2 comunidades y los cazan y los ahuyentan. Los animales en la selva son difíciles de ver ya que son cazados por los habitantes de la selva, a pesar de ser una reserva. Son cazadores furtivos. Y para ellos es comida fácil. Hongos de mil formas y colores sobre la madera caída o en pie. Joaquín se aposenta en la hamaca, Marcelo prepara la comida y yo escribo y dibujo. Las hamacas son increíblemente cómodas, junto con el verde de la selva, el calorcillo agravado por la humedad, dan una sensación de tranquilidad y descanso tremendos, e invitan a dormir si es preciso en cada momento, y con la hamaca el sueño puede llegar rápido, y más si has madrugado. Creo que nunca había dormido en una de éstas, pero me quedaba frito en ellas.
Dentro se está fresco y oscuro y fuera hace mucho más calor al sol. En el claro artificial de la cabaña, cientos de saltamontes brincan y sisean y ni tan si quiera son tapados por alguna avioneta que sobrevuela el lugar.
La cabaña tendrá entre 10 o 12 metros de alta, con el techo forrado de palma. La palma del techo se conserva gracias al humo y al hollín del hogar. Nosotros hacemos “vida” (dormitorio, comedor y sala de estar) en el “Tankamashi” (zona de hombres). Echo una siesta del borrego sobre la cama Shuar, patas y somier con listones anudados de madera y sobre ellos una lámina de cañizo. En esta región hay afición por los topónimos y nombres de calles y negocios de carácter salesiano (calle Don Bosco, Farmacia María Auxiliadora) es curioso y me llama la atención los indicios de la presencia salesiana en Macas y Morona Santiago.
En los paseos hemos encontrado bastante barro, aunque estoy seguro que aquí puede haber mucho más. Ayer por la tarde cayó un chaparrón con dos o tres momentos fuertes.
Alimento muy bueno que ha preparado Marcelo. Espaguetis con atún, pimiento y cebolla. Plátano frito. No hablamos casi comiendo, pero luego la sobremesa, la tertulia es interesantísima. Marcelo nos cuenta su vida y sus planes como guía, y tener su agencia propia. Y nos cuenta lo mal que está el empleo y la corrupción que impera en su país. Lo difícil que es encontrar empleo.
También le pregunta a Jesús por mí, por mi cara seria y algo triste, que dista de la entusiasta y alegre de la de Jesús. Seguramente mi semblante ya comienza a preocuparse inconscientemente al ver el final del viaje, de la expedición. Queda poco tiempo para volver a España, y aunque el final de un viaje siempre es triste y depresivo, en mi caso se acentúa al tener que volver a la triste realidad de mi situación laboral y personal… ojalá el viaje no se acabara nunca, pudiéramos estar disfrutando de los volcanes de Ecuador y de su extensa selva amazónica el resto de nuestras vidas…
Luego subimos al mirador, a ver el Sangay nublado, y la selva que se extiende hasta el Cocutí y más allá Transcocutí (de donde es Marcelo). La vista es hermosa hacia uno y el otro lado. Basta con sentarse en un tronco a esperar y la vida aparece en el esplendor del detalle. Mariposas, arañas y chinches, y una larva de escarabajo de fortísimas mandíbulas y más grande que una ranita que hemos visto también. Se oyen aves invisibles.
El Mirador es la cima de una montañita o loma cercana, muy próxima a la cabaña, desde allí Marcelo nos señala unas montañas todas cubiertas con la espesa vegetación de la frondosa selva, al otro lado está su región, su “casa”, de donde es él, selva o tierra adentro. Y detrás de estas, al fondo la selva virgen, tierra ignota, inexplorada o desconocidas, nos dice Marcelo. Nos parece fascinante que aún existan lugares en medio de la selva sin que las haya visitado el hombre blanco, donde puede haber tribus de aborígenes que viven sin conocer al hombre blanco, como lo llevan haciendo desde hace mil años. Increíblemente y emocionante.
Las vistas son excepcionales, aunque el Sangay estuviera invisible por las nubes, la enorme extensión de selva impresiona y fascina a la vez. Nos asombra, nos maravilla. Fotos del lugar y sus vistas. Mientras en el camino y como dice Jesús, observamos todo tipo de bichos y plantas, y nos damos de cuenta de una cosa simple y latente; todo en la selva es el doble o triple de grande que fuera de ella: insectos, hojas, plantas, hongos y setas… es increíble.
Bajamos del mirador a la cabaña y allí viene el dueño con un grupo de franceses, tres abuelas, una joven y dos guías de Baños. Esperamos a que acaben de llegar y nos damos un paseo en canoa río arriba (Yuquipa) con Marcelo remando contra corriente (aunque aguas mansas).
Como ya había mencionado Jesús el río por el que vamos en canoa, es el río Yuquipa, afluente del río Upano, que pasa por Macas; que a su vez es afluente del río Santiago, que da nombre a la provincia; que a su vez es afluente del río Marañón, que a su vez es afluente del río Amazonas. La vegetación invade las orillas del río Yuquipa que crece de medio metro a un metro en época de lluvias.
La vista de la selva desde aquí es preciosa. Se comprende que los ríos se usan como vías de transporte ventajosas frente a la selva impenetrable. Pasamos en torno a una pequeña playita fluvial donde se bañan un grupo de blancos ingleses o gringos a los que saludamos (especialmente a las chicas). Los sobrepasamos y luego con la corriente a favor descendemos hasta la confluencia con el Río Wichimi donde se forma una pequeña islita de grava y arena, “la isla del amor”, donde nos damos un rico baño en el río.
En un principio el bañarte en un río del Amazonas te da cosa, te da yu yu, por todo lo que se cuenta en documentales y películas, de los peligros de la selva y de las aguas de sus ríos: pirañas, anacondas, serpientes, caimanes… y otras muchas bestias grandes y pequeñas que pueden hacer peligrar tu vida o integración física. Pero Marcelo nos dice que no pasa nada. Además hemos visto a esos “gringos” bañándose y chapotear el agua sin que pase nada. Esas leyendas y mitos sobre los peligros de los ríos de la selva pueden que sean ciertas, pero los nativos, aborígenes de aquí saben dónde está el peligro y donde no, en cada parte conocida del río o la selva. Y en este caso es una zona turística muy visitada, y por ello controlada por los habitantes o asiduos del lugar.
La verdad es que la sensación de bañarte en un rio del Amazonas es increíble, es cierto que es un agua como la de cualquier otro río, pero el pensar que está en la selva amazónica con todo lo que nos han metido en la cabeza desde niños como he dicho anteriormente de películas y documentales, nos da la sensación de vivir una plácida aventura o de estar cometiendo un sacrilegio en el templo sagrado de la Naturaleza. Nos vamos metiendo poco a poco como para no importunar a los dioses del agua, o a sus bichos más feroces. Pero una vez en el interior del río, nos metemos hasta el cuello. Estamos felices y animados. No pasa nada. No hay peligro… ¡¡Que tontos e ilusos!! Pensando que hay pirañas o caimanes en todos los ríos del Amazonas…
Lo de la “isla del amor” nos dice Marcelo es porque aquí se traía sus ligues (no sabría decir si el solo o era común entre los lugareños, habitantes de la selva), y aquí comenzaba el romance. Con lo que creo que “isla del amor” es un nombre que se lo haya puesto él mismo ¡Pícaro!

Jesús en la canoa por el Río Yuquipa, detrás Marcelo remando, al fondo guiris, turistas acampados junto al río
Al bajar por el río siento la emoción de estar descendiendo hacia el Amazonas y el Atlántico ¡Dios! ¡Como me gustaría hacer de verdad ese viaje alguna vez! El agua no está demasiada fría cuando ya te has acostumbrado. La corriente no es demasiado fuerte pero cuesta un poquito nadar al revés. En acabar te sientes muy bien y nos ponemos ropa seca.
El paseo por canoa por el rio es tranquilo, sosegado y emocionante a la vez. Es una experiencia formidable a pesar de la sencillez de la misma; pero ir en canoa por en medio de la selva, si no lo hemos hecho nunca, es extraordinaria y casi mágica… supongo que todo en la selva es “extraordinario y fabuloso”.
Regresamos a la cabaña y picamos una papaya madura que había en un árbol junto a la cabaña, y algo que han hecho los otros guías. Los franceses marchan en canoa río arriba al campamento de arriba (el de los gringos) y Marcelo se va con ellos. Vemos pasar al gallináceo que vimos de cerca en el río posado sobre un bambú. Vemos una nube de pajaritos y empezamos a oír a los grillos, y truenos lejanos como si la lluvia que sustenta esta maravilla quisiese descargar.
El repertorio de aves y anfibios se añaden a la serenata vespertina mientras reposamos en la entrada de la cabaña prismáticos en mano y untados de Relec y protectores contra insectos. Los guiris van a estar unos días en la cabaña. Al rato baja uno de sus guías en la canoa y pela un tronco con el machete. Es simpático y lleva el pelo en coleta. Es conocido de Marcelo. Va anocheciendo y hemos quedado en cenar a las 19 h. y en hacer una excursión nocturna a las 20 h.
Al atardecer y alrededor de la encantadora y acogedora cabaña, al principio lo veo como si fuera una pequeña alucinación, leve, pero conforme la oscuridad aumenta por la caída del sol en su recorrido por nuestro cielo, lo que era leve y distorsionado se convierte en numeroso y muy apreciable: decenas de lucecitas del tamaño de una uña o menos, van de aquí para allá en un rincón, un espacio entre la cabaña y la espesa selva. Antes se veían pocas, ahora son muchas y vuelan de acá para allá como si no llevaran un rumbo fijo, ahora son numerosas. Me quedo alucinado y estupefacto. Es precioso. Son como las pequeñas hadas de los cuentos que en su vuelo emiten una luz fosforescente, llamativa y vivaz. Pero son luciérnagas. Esas extrañas mariposas que de larvas son feas, horrendas, pero que gracias a su extremo de su ovalado cuerpo donde incandescentemente se ilumina una verde lucecilla fosforescente, hace que sean unos bichos interesantes y alucinantes.
Siempre se ha dicho que las luciérnagas como los tritones en el agua, es sinónimo de lugares limpios de contaminación por su sensibilidad a la misma. Es bello ver entre la tranquilidad del lugar, solamente importunada por el trueno cuando rompe el aire de la tormenta que se acerca, el espectáculo de esas pequeñas lucecillas como si estuviéremos metidos en uno de esos cuentos de Andersen o Grimm. Fantástico.
Y de repente el cielo se nubla. Las nubes cogen protagonismo y comienzan a invadir el cielo sobre nuestras cabezas y sobre el horizonte. Se acerca una formidable tormenta de esas tropicales (pero no de las violentas del Caribe). A la vez la rojiza o anaranjada luz del atardecer ilumina estas altas columnas, torres de cúmulos que forma la tormenta y le da un aspecto gigantesco, bíblico, casi apocalíptico, pero precioso, bello, dantesco, parece que se vaya a acabar el mundo, pero quiero admirarla y venerarla. La tormenta se acerca y hará que llueva todo lo que queda de tarde y parte de la noche. Con lo que la marcha nocturna no la haremos, pero no pasa nada, estamos como hipnotizados por todo, por cada pequeña cosa de la Selva.
Comienza a llover, primero poco y luego más, aunque el sonido de amplifica en las millones de hojas de los árboles y atruena. Invita poco a caminar y no salimos. La cena se demora y es compartida entre los dos grupos. Las francesas hablan algo de español pero son los guías los que mejor se lo pasan hablando Shuar entre ellos y contando batallitas, e infidelidades y mujeres.
Por fin acostados oímos llover y los demás sonidos parecen haberse apagado. Antes de la lluvia el anochecer los truenos se iban acercando, vimos cientos de brillantísimas luciérnagas y murciélagos dando batidas.
Dormir escuchando llover, escuchando el salpicar de los millones de gotas de agua, los truenos y ruidos que produce una tormenta, ya es emocionante en casa, pues aquí en la Selva es excepcional, es un elixir de tranquilidad, sosiego y emoción, es insuperable, fantástico… lástima que mañana ya comience la “marcha de regreso”. La selva ha sido poco tiempo pero muy intenso y provechoso. Increíble.