Desayunamos casi solos en el comedor del refugio. Según la hora del desayuno nos levantamos antes o después para hacer la mochila antes o después del desayuno, y salir de las 8 a 8:30 de la mañana “¿Cuántos quieren bizcocho?” “¿Cuántos pan tostado”? Todo a cuentagotas, supongo que por la escasez. Aquí meto la pata y comento por lo bajinis que si hace falta pago lo que sobre de bizcocho o pan, pero me oye la guarda desde la cocina adherida al comedor y me dice que no es cuestión de dinero, desde la misma cocina. Me callo. Pero sí que es verdad que parecía un crimen pedir todos, el sabroso y rico bizcocho para desayunar, daba la impresión de que nos miraba diciendo “¿seguro que queréis?”.
En el Refugio de Vegarredonda siempre contaba una teoría que me había venido a la mente en esos días: “El mundo debería estar gobernados por guardas de refugio de montaña”.
Hemos dormido bien, igual que en Vegarredonda, igual que en Vegabaño; una habitación casi entera para nosotros. La pandemia hace que los refugios estén al 50 o 40% y se está muy bien. Nada apretados.

Foto de salida desde el Refugio de Vega de Ario. De izquierda a derecha: Joaquín Terrés, Nuria, Tere, Joaquín Junior, Joaquín Murcia, Vicente y Luis
Hoy toca la etapa en la que por fin llegábamos a Bulnes. Me había pasado los días anteriores con el “cachondeo” de “pasar o llegar a Bulnes si nos perdíamos en la alta montaña”. Hoy tocará dormir en Bulnes. También haremos ¾ partes de la Ruta del Cares, ya hecha aquella fría Semana Santa del 2.004 con el viaje del Centro.
Ha amanecido un gran día, sol y calor. En lugar de ir empeorando el tiempo en la parte Asturiana (hemos comenzado por León), es al revés: más sol, más calor, más buen tiempo.
Salimos a eso de las 07:50 Hrs. del cuco Refugio Vega de Ario casi en la misma dirección a la que llegamos al mismo refugio, pero por una senda más abajo, que gira hacia el otro extremo de la vega, de este ancho hoyo, y como hacia la salida de él mirando al macizo central como si de un balcón se tratara. La primera parte será una terrible bajada por la Canal de Trea. De 1.630 mts. tendremos que bajar al camino del fondo de la Garganta del Cares a unos 400 mts., más de 1.200 metros de desnivel en apenas 3 km. ¡Una locura!

Camino del Collau Las Cruces desde la Vega de Ario. Al fondo a la izquierda el Pico de Los Cabrones y TorreCerredo, en el centro la Torre de La Palanca, Llambrión y a la derecha la Torre del Friero y Torre Salinas
Caminando por la llana senda que sale del refugio y pasar por la fuentecilla, vamos en dirección a unas casas, algunas en ruinas y otras en pie, al otro extremo de la Vega. Antes de llegar a ellas vemos que el guarda francés sale de una de ellas. Duerme allí. Nos guía por donde debemos ir para bajar por la Canal de Trea: seguir los postes y marcas amarillas. Que en un principio da la sensación que van demasiado a sur alejándose del hueco del balcón y vacío de la misma Canal, pero vamos bien. Hay que seguir as marcas amarillas.
Da la sensación que al llegar a los límites de la vega, de la verde hondonada rocosa, cárstica, enseguida vemos los precipicios y pendientes de la Canal de Trea… pero no; hay que caminar entre roca madre, escarpes y un laberinto de pequeñas subidas y bajaditas siguiendo las marcas, las cuales, si no fueran por ellas, no tendríamos ni idea de por dónde ir y nos perderíamos a cada minuto.
Voy delante. Es un terreno que me gusta y por el que avanzo rápido: rocas, saltos… Pero es casi un laberinto, las marcas van de un lado a otro como buscando el mejor camino entre las rocas y terreno accidentado: giro a la izquierda, derecha, baja, sube… No hay que perder de vista las marcas o es fácil perderse. Los compañeros me siguen a veces a una distancia y los tengo que esperar… “el 7 pasos”.

Collau Las Cruces, 1.571 mts., detrás en el centro derecha el Pico de Los Cabrones y TorreCerredo, a la derecha la Torre de La Palanca y Llambrión. Delante de izquierda a derecha: Joaquín Junior, Joaquín Terrés y Joaquín Murcia
En un principio la senda o recorrido no pierde altura, pasa entre pequeños jous y escarpes en busca de una bajada cómoda. A la izquierda y este va quedando el enorme hueco de la canal; que parece se divide en dos: la de la izquierda es el Valle Estremeru y más a la derecha bajaremos por la misma Canal de Trea.
El recorrido deja de ir hacia el sur para girar a la izquierda y este, y ya comenzar a bajar la vertiginosa, larga e interminable Canal de Trea. No puede haber pérdida. No hay otro sendero. Todo para abajo.
La bajada es un rompepiernas pero es alucinante: pasamos por balcones, esquivamos paredes, escarpes, a veces se vuelve vertiginoso, muy empinado, y otras cruza herbazales, laderas herbosas muy inclinadas y verdes. Pero todo hacia abajo. Así durante más de dos horas.
Delante el espectacular paisaje de alta montaña del macizo Central o Urriellu, con la cima de Picos más alta de la Cordillera Cantábrica como amo y señor del lugar, el TorreCerredo, y el profundísimo abismo, garganta, desnivel… desde estas alturas y el fondo del cauce del Cares (más profundo que el camino a 400 metros de altura) ¡Impresionante! Encima el día acompaña, mucho sol, calor, ni una nube, cada vez que descendemos altura, el calor se acentúa, y ya pasé calor llegando al Refugio Vega de Ario.
El “trio de Rita” nos adelanta, han salido más tarde y junto a una cascada de un riachuelo de abundante agua que sale de la montaña a mitad de la canal, y por el que hay que pasar mojándonos y resbalando con peligrosas caídas, pasan delante. Nosotros llevamos buen paso, pero disfrutamos más, paramos más y no queremos perder ningún rincón, momento de estos Picos de Europa.
Es la Fuente Cuarroble. La bajada sigue siendo espectacular, encajonados entre paredes, escarpes, agujas de roca, torres, pasillos y laderas verticales… Impresionante. No hay pérdida. No hay escapatoria.
Y por fin ya vemos el camino del fondo del Río Cares, el de la Ruta del Cares. Falta poco. Atravesamos un bonito hayedo, robledal, verde y casi intocable, en el que nos vamos reagrupando. No perdemos el contacto visual en ningún momento. Y al cabo de esas más de dos horas de bajada, la vertical y a veces abrupta senda, acaba en el camino de la Ruta del Cares. Justo junto a uno de esos carteles verdes típicos en el que pone “Canal de Trea”. Justo en el comienzo o final de la Canal de Trea pero en su parte más alta, también nos encontramos uno y dos postes que te indican que entras en la Canal de Trea o te indican que está cerca o llevas la dirección hacia ésta. No hay otra senda. No aparece otro recorrido, es seguir la ladera vertical, abrupta y escarpada en ocasiones pero inequívoca. Es un solo lugar, una sola canal por la que tenemos cruzar a lo largo de alto a abajo.
Poco a poco bajan los compañeros y nos reunimos en el camino. Antes una pareja mayor me pregunta que de dónde bajo: de la Canal de Trea. Me dicen que su hijo está haciendo el Anillo de Picos y que tenía que subir por aquí pero no sabía dónde quedaba; gracias a verme a mí, vieron la senda de subida por la Canal de Trea.
Estamos cerca del Puente Bolín al cual nos acercamos y atravesamos para descansar y recargar agua junto a su fuente. Vicente me dice que este tipo de sendas o recorridos no le gusta, que es mejor algo más tranquilo. Hemos llegado sobre las 10:15 Hrs. Hay mucha gente en el camino de la Garganta del Cares que suben, bajan… Después de la soledad de la alta montaña volvemos a la muchedumbre de la civilización, turismo, dominguerismo… de la Ruta del Cares. Hay diversos grupos. Me fijo en un grupo portugués con mochilones, una guapa chica rubia de ojos azules y fuertes piernas gruesas, que más que portuguesa parece sueca, y uno más bajito que se pega a las paredes cada vez que pasa por un estrechamiento del camino y al otro lado hay un precipicio de cientos de metros…
Estamos a menos de 1,5 Km. de Caín hacia la derecha (según bajamos de la Canal de Trea) pero seguimos rio abajo hacia la izquierda, los 11 Kms. aproximadamente del recorrido de la Ruta del Cares hacia Puente Poncebos. No hay pérdida, es seguir el camino admirando el paisaje de las paredes y escarpes de la Garganta del Cares.
Es el mismo recorrido realizado en aquella actividad de La Ruta del Cares, realizada hace 17 años ya. Pero de bajada a Puente Poncebos. Intento recordar lugares, paisajes, espacios fotografiados en aquella excursión con el Centro Excursionista Almoradí. Extraordinario. Aquí abajo el calor es más insoportable, y a medida que caminamos esos 11 Km. nos acercamos al mediodía y el fuerte sol nos va haciendo mella. Gente y más gente. De todo tipo. Al final se hace largo, parece que no llegamos nunca, y aquí abajo, a más baja altura, el calor se va haciendo insoportable. Nos empieza a tocar.
Al final llegamos al parking de Puente Poncebos acalorados, hartos, quemados, deshidratados, cansados por el sol… Hemos parado antes a comer buscando la sombra entre túnel y túnel y cerca de las 14:00 hrs. llegamos al parking. Las chicas están cansadas y hartas de tanto sol y quieren coger el funicular a Bulnes. Yo le digo a los chicos que no. Hay que hacer el recorrido entero y hacer caminando la subida a Bulnes. A pesar del calor y el fuerte sol. A Vicente le da igual, el sol no le molesta. El que peor lo lleva soy yo.
Pero una vez que Nuria y Tere han cogido el funicular, cruzamos el puentecillo de piedra, bonito y curioso que cruza el Río Cares para seguir el recorrido hacia Bulnes. Hemos llegado a unos 200 metros de altura después de salir de los 1.630 mts. del Refugio Vega de Ario, y de aquí hay que llegar a los 649 mts. de Bulnes. No es mucho… se supone que en una hora y media ya se podría llegar.
Bajo el Puente de La Jaya vemos gente que se está bañando en las abundantes y frescas aguas del Río Cares. Pesándolo muy poco decidimos bajar y bañarnos nosotros también. Por el fuerte calor y sol que hace, parece que el agua fría y clara del Río Cares nos llama como un oasis en mitad del tórrido desierto. Hay algunos tantos extranjeros y una pareja con su hija en las orillas arenosas tomando el sol y metiéndose al agua del río. Y nosotros nos mojamos, bañamos, Luis y Joaquín Junior se tiran de una piedra a las profundidades del río. Bebo agua abundante del río, es muy limpia, clara, fresca, refrescante… estoy muy deshidratado. Nos sienta muy bien la remojada, el baño en las frías aguas del Río Cares, pero a los 30 minutos debemos seguir. Nos vestimos, no sin antes inmortalizar el momento y lugar, y subimos al camino para seguir hacia Bulnes. Yo iré más tranquilo pues se dé buena tinta que el sol es muy fuerte, el calor horrible, y me afectará mucho en esta subida. Son las 14:30 cuando reemprendemos la subida a Bulnes. En pleno sol, calorada y mediodía…
Desde el final del aparcamiento de Puente Poncebos casi no se apreciaba en medio del Murallón de Amuesa, la hendidura en la pared de la montaña, de la muralla casi vertical que forma la orilla sur del Río Cares, a no ser que te fijes en una casita y más abajo el Puente de La Jaya y descubres que la pared deja un hueco estrecho y casi invisible que es el comienzo del valle que sube a Bulnes. Realmente el Murallón de Amuesa queda a la derecha de la hendidura, del corte de la muralla, de la pared, y a la izquierda la Peña Main, cuyas entrañas son atravesadas por un túnel para que circule el funicular de Bulnes. Pero una vez que estas en el valle, con la ancha y zigzagueante senda, compruebas que es un valle ancho y apreciable. Eso sí, enmarcado por paredes y precipicios rocosos como si de otra garganta se tratara.
Mis compañeros van delante. A pesar del refrescado por el baño en el Río Cares no quiero ir deprisa para que me dure lo máximo la frescor del agua en el cuerpo. Pero son las 3 del mediodía, de un sol implacable y un calor infernal, ni una nube salvadora, y poco a poco comienzo a estar en un estado de fuerte cansancio e insolación. Falta agua, faltan fuerzas, sobra el sol…
Llega un momento que pierdo a mis compañeros de vista, cada vez voy más lento, cansado, me paro una vez, dos, y en una ocasión con más tiempo de descanso. Me desabrocho la mochila en la barriga para que no me oprima y tenga nauseas… estoy a punto de tener una lipotimia.
Hay mucha gente que baja, domingueros, excursionistas, corredores… pocos que suben, o ninguno. A la vuelta de una curva veo a Vicente que me espera, tardaba mucho y se ha preocupado. Llego lentamente hasta donde está él y luego seguimos hasta donde está el grupo en una curva del zigzagueante camino donde hay un poco de sombra. Descansamos. Pasa más gente.
El vallecillo que hemos cogido que nos da acceso a Bulnes por el norte, es otra corta garganta o cañón, como muchos en estos espectaculares Picos de Europa, que baja de sur a norte, y por el que baja el caudaloso Río de Bulnes. Varios puestes lo cruzan y la senda ancha hace zigzag por la ladera oeste del valle al principio para cruzar rápidamente al lado este e ir cogiendo altura. A veces dejaremos el río allá abajo, pero otras lo tendremos a nuestra altura. Al este la enorme y gigante Peña Main, y al oeste el Murallón de Amuesa. Derecha e izquierda mientras subimos. Hay algo de verdor, bosquecillos, rincones junto al agua del río, pero sobre todo piedras, rocas y las verticales y esculpidas paredes de las montañas a cada lado. Una vez llegamos a las cercanías del Puente Colines, el cual si lo cruzamos subimos a “Bulnes de arriba”, el valle se ensancha más y se hace más artificial con las roturas del ser humano y la civilización, donde se nota su mano al convertirse la ancha senda en camino y al acercarnos a la boca sur del túnel del funicular de Bulnes.
Reemprendemos la marcha. No debe de faltar mucho. Joaquín Murcia me moja la gorra en el río cercano, el Río de Bulnes que baja por este valle. Al cabo de un tiempo encontramos el cruce hacia El Castillo o “Bulnes de Arriba”. Ya estamos cerca del pueblo. Seguimos por un ancho camino más horizontal y llano pasamos por la salida del funicular y comprobamos “lo fresco” que se está en una cueva artificial lejos del sol y su calor, y siguiendo el mismo camino enseguida nos topamos con las cuatro casas de Bulnes. Nos adentramos hasta cruzar un puente en el centro del pueblo. Lo primero que piensas cuando llegas a Bulnes es “¿A quién se le ha ocurrido plantar un pueblo aquí arriba?” No hay asfalto, solo piedras, hormigón y cemento.
Son alrededor de las 16 horas. Estamos a 649 metros de altura. Nos sentamos en el restaurante del que será nuestro hotel ya reservado (nada más cruzar el puente a la derecha), La Casa del Chiflón, y una vivaracha, guapa y extranjera camarera (por su acento) nos sirve unas cervezas bien frías… bueno, yo una clara, ya no quiero tomar ese alcohol de golpe.
Lo he pasado muy mal en la subida y ahora necesito un buen descanso, comida e hidratarme sin prisas. Tengo que pensar en las siguientes etapas. No puedo desfallecer ni rendirme, y sí reponerme… aunque este sufrimiento y desgaste hará mella para la etapa de mañana.
Nos encontramos con las chicas recuperadas y frescas. Nos vamos a las habitaciones del hotel, es casi una casa sin apariencia de hotel pero muy cuca, bonita y acogedora. La Casa del Chiflón. Ducha, cambiarse, arreglarse, descansar, lavar, poner a secar la ropa…
Un síntoma inequívoco del sobreesfuerzo o mal trago pasado por mi cuerpo en esta fácil pero calvárica subida a Bulnes, es que al relajarme me sangra la nariz sin motivo evidente. Nunca se me había soltado la nariz en la montaña.
Damos una vuelta por el pueblecillo. No tiene nada de especial salvo que es el pueblo que es y dónde está. Aunque hay casas, edificios muy bien arreglados, coloridos y chocantes, con adornos de botas y otros utensilios inservibles convertidos en maceteros.
Hay un grupo de adolescentes que lava cucharas en la fuente cerca del puente y que parece van a dormir al raso en un camino, bajo los árboles, del pueblo. Pero al llegar la tarde la gente se va y solo quedamos, solitarios, los que tenemos plaza en algún hotel o albergue del pueblo. Bulnes se vacía. Y los bares y restaurantes solo dan servicio a sus huéspedes. Curioso. Una familia de guiris baja tarde del camino a la Vega Urriellu, de la zona del Naranjo de Bulnes, y se sienta en las mesas del restaurante visiblemente acalorados y cansados. David les dice que no les sirve, que ahora solo sirve a los alojados en el hotel, en la casa-hotel rural, una norma común en los pocos restaurantes de Bulnes; y deben de levantarse e irse en busca del funicular de Bulnes. Y así Bulnes se vacía por la tarde-noche, y solo los que nos quedamos a pasar la noche habitamos el pueblo (junto con el grupo de adolescentes que vivaquean). Parece un espejismo, otro pueblo, no tiene nada que ver el Bulnes del día con el Bulnes de la noche, de la tarde. Es casi sobrecogedor. Nada o poca gente; como si lo hubieran abandonado. Enigmático y tranquilo. Emocionante y estremecedor. La comparativa en pocas horas es impactante.
Curioseamos por el pueblo: cuatro calles, una ermita, cementerio, gallinas sueltas por la calle… rincones bonitos de verdor en los caminos o sendas hacia la montaña… Y ya toca la hora de cenar. Luis está fresco, se sube a un mirador siguiendo el camino de Pandébano, para desde allí tener las primeras vistas del Naranjo de Bulnes en la lejanía, desde nuestra posición, la típica foto, la típica postal del Naranjo entre laderas verdes en la lejanía, que todos hemos visto alguna vez al curiosear sobre el Naranjo de Bulnes, mientras nos echamos en la hierba cerca de la fuente y las gallinas sueltas.
Ya es hora de cenar, y David, el propietario del hotel La Casa del Chiflón, nos tiene reservada una mesa junto al puente. El “Trio de Rita” también están aquí, alojados en el mismo hotel. Nos dice el chico de trio que lo ha pasado muy mal subiendo a Bulnes por el calor y el sol… No es solo cosa mía. Yo lo he pasado realmente mal.
Yo me pido Cabrito de Picos. En la cena conversamos sobre el coste de un helicóptero para abastecer a los refugios y sobre cuánta gente queda en Bulnes originaria y que viva todo el año en el pueblo, entre el barrio de arriba y aquí… solo unas doce personas. Y poco más de veinte duermen en verano o habitan en verano. David había sido guarda del Refugio Jou de Los Cabrones durante unos 10 años. Le preguntamos sobre cuál es el atardecer más bonito que se ve desde los refugio. Ya que yo les he hablado del atardecer del de Collado Jermoso. Con una fama que le precede. Él dice que está entre éste y Cabrones, pero por que ha trabajo allí mucho tiempo.
Bulnes está ubicada en un cruce de vallecillos, o de cortados de la montaña. Con un difícil o imposible acceso para vehículos motorizados de cuatro ruedas. Las paredes de la Peña Main, al norte y noreste del pueblo, dan miedo, tan espectacular, enorme y vertical que parece caerá de un momento a otro sobre el pueblo. Fantástico.
Acabamos la jornada jugando al Michigan en una de las mesas solitarias del bar de al lado. Pero aunque parezca que no hay nadie en el pueblo por la noche, un chico sale de un balcón pidiendo silencio y nos vamos a dormir a nuestras fabulosas habitaciones… Luis tiene frio y cierra la ventana, yo calor y la abro… Así durante unos minutos